Karr Heaven Runner
El espectro que ahora era Demontré estaba tras aquella gruesa puerta, la que sólo pudieron abrir con el esfuerzo conjunto de los tres jedis y Heaven Runner.
La puerta se abrió, y avanzaron por un largo y amplio corredor, en el cual pudieron ver al fondo una masa de energía que despedía oleadas de energía oscura… La Matriz de la Purga.
El corredor remataba en un gigantesco salón, en el se sentía, aún a través de las armaduras sith que debían usar para no verse afectados por la matriz, la intensidad con que el lado oscuro se concentraba en este lugar. En el, Demontré los esperaba junto a una gran armadura de combate, similar a la que vieran semanas atrás en la guarida de Arul Holt, pero de dimensiones mucho mayores.
Demontré empezó con su perorata. Los caballeros se burlaron de el, podría decirse que en un gesto de arrogancia, pues ya lo habían derrotado antes – incluso, a costa de las vidas de algunos de los presentes – pero las burlas no eran causadas por creerse superiores, sino más bien por un dejo de nerviosismo que, a pesar de las enseñanzas jedis, no podían evitar en este lugar corrupto.
De pronto, mientras el espectro Sith hablaba, el mecanismo de la puerta comenzó a funcionar nuevamente tras de ellos. La aguda visión del Maestro Odo Leed le permitió percatarse de que no había forma de abrir la puerta desde el interior, al tiempo que miró a Karr mientras decía “la puerta…” . Karr reaccionó enseguida y sin dudarlo se dirigió a una velocidad de vértigo fuera de la cámara de la cuna, mientras por el rabillo del ojo, alcanzaba a ver al espectro dirigirse dentro de la armadura, y un destello tras de si le indicaba que sus compañeros se aprestaban a entrar en combate.
Y con el sonido de los sables encenderse y la puerta cerrarse tras de sí una vez más, dejó de ver a sus compañeros y amigos, sin saber quien le esperaba fuera…
Un viejo de cabellos largos y canos junto a una joven mujer le miraban fijamente. En los ojos del viejo, podía adivinarse que odiaba a aquel que no era ni Jedi ni Sith. La ambivalencia de Karr le irritaba, y le molestaba que hubiera intervenido en sus planes y lo hubiera traicionado, no podía fiarse de el y tampoco podía seducirlo, tal era la “ventaja” que tenía este perturbado ex-Jedi, que había seguido los caminos de la fuerza según su propia visión de moralidad.
- Creo que al final, esto era inevitable – señaló el Jedi gris.
- Sí - Dijo el antaño poderoso Lord Sukyo – Darth Astarte, mátalo – ordenó a la joven aprendiz Sith.
La Joven desenvainó su espada Sith y encaró a Karr, al tiempo que éste encendía sus sables de luz y empuñaba uno en cada mano, colocándose en estado de concentración para aprovechar su velocidad al máximo. Se miraron y midieron por unos segundos, mientras Sukyo contemplaba la escena expectante.
Astarte atacó primero, pero sus habilidades guerreras, aún cuando eran buenas, no se comparaban a las de un Maestro en armas Jedi como era Karr, quien no tuvo problemas en eludir sus ataques. Pero Karr olvidaba que el Maestro de Astarte estaba allí, y cuando se aprestaba a contraatacar, sintió como su traquea era presionada por los poderes oscuros del Lord Sith. Astarte atacó de nuevo, pasando demasiado cerca de su oponente, quien aprovechó la ocasión para librarse del ataque del Sith y esquivar hábilmente el ataque de la mujer y, girando sobre si mismo, le asestó un único golpe con el que la aprendiz del lado oscuro cayó muerta tras de sí, mientras encaraba al Lord Sith.
Sukyo lo miró con ira y empuñó su sable de luz rápidamente, pero el guerrero ya estaba junto a el y sin mediar palabra se enfrascaron en un combate que terminaría con uno de los dos muertos.
Karr repasaba mentalmente los movimientos de Sukyo en su enfrentamiento anterior. El Sith había terminado huyendo y arrojándole un edificio sobre el y la pequeña Hiromi Maguzel, el mismo día que había asesinado a los padres de la niña. Ahora, la niña se recuperaba de los efectos del lado oscuro por haber seguido un llamado de Sukyo, en el que le decía que sus padres estaban vivos. Ahora la niña, jamás volvería a acercarse a Karr, ya que si el no la hubiera comenzado a instruir en los caminos de la fuerza, sus padres aún estarían con vida.
En su fuero interno, Karr no podía perdonarse eso. En su fuero interno, y aún cuando nunca lo había dicho, sabía porqué había dejado ir a Sukyo dos veces. El ya no era un Jedi, pero tenía la secreta esperanza de poder mostrarle el camino de la luz a ese viejo que no había conocido más que odio y dolor, tenía el secreto deseo, y realmente creía en ello, de que Sukyo podría redimirse y vivir y morir en paz los últimos años de su vida y, a través del Sith, redimir también los errores propios.
Ahora se daba cuenta de sus pueriles e ingenuos sentimientos, no le quedaba más que combatir, hasta que uno de los dos cayera.
Así que Karr se concentró y pensó como un Jedi, en una forma en la que no había pensado en mucho tiempo, y combatió al Lord Sith sin pasiones, sin odio, sin ira, sólo con la mentalidad de un caballero Jedi.
Los sables luminosos cortaban el aire con su particular sonido, chocando unos contra otros a una velocidad imposible de seguir por la mirada de un ojo inexperto. En medio de todo, sintiendo el poder de un cuerpo viejo potenciado por la fuerzas oscuras, en una acto casi de piedad, con un solo movimiento, limpio, preciso, Karr terminó el combate. El Sith abrió los ojos, sorprendido, para ver por última vez para mirar a Heaven Runner, mientras su mano dejaba caer su sable de luz.
En un acto que luego se cuestionaría, más por inercia que por voluntad, el Jedi decapitó al anciano muerto a sus pies, y se dirigió a lo que había venido, a abrir la puerta para darles a sus compañeros una ruta de escape y soporte en el combate que se debía estar desarrollando en la cámara de la Matriz…
La puerta se abrió, y avanzaron por un largo y amplio corredor, en el cual pudieron ver al fondo una masa de energía que despedía oleadas de energía oscura… La Matriz de la Purga.
El corredor remataba en un gigantesco salón, en el se sentía, aún a través de las armaduras sith que debían usar para no verse afectados por la matriz, la intensidad con que el lado oscuro se concentraba en este lugar. En el, Demontré los esperaba junto a una gran armadura de combate, similar a la que vieran semanas atrás en la guarida de Arul Holt, pero de dimensiones mucho mayores.
Demontré empezó con su perorata. Los caballeros se burlaron de el, podría decirse que en un gesto de arrogancia, pues ya lo habían derrotado antes – incluso, a costa de las vidas de algunos de los presentes – pero las burlas no eran causadas por creerse superiores, sino más bien por un dejo de nerviosismo que, a pesar de las enseñanzas jedis, no podían evitar en este lugar corrupto.
De pronto, mientras el espectro Sith hablaba, el mecanismo de la puerta comenzó a funcionar nuevamente tras de ellos. La aguda visión del Maestro Odo Leed le permitió percatarse de que no había forma de abrir la puerta desde el interior, al tiempo que miró a Karr mientras decía “la puerta…” . Karr reaccionó enseguida y sin dudarlo se dirigió a una velocidad de vértigo fuera de la cámara de la cuna, mientras por el rabillo del ojo, alcanzaba a ver al espectro dirigirse dentro de la armadura, y un destello tras de si le indicaba que sus compañeros se aprestaban a entrar en combate.
Y con el sonido de los sables encenderse y la puerta cerrarse tras de sí una vez más, dejó de ver a sus compañeros y amigos, sin saber quien le esperaba fuera…
Un viejo de cabellos largos y canos junto a una joven mujer le miraban fijamente. En los ojos del viejo, podía adivinarse que odiaba a aquel que no era ni Jedi ni Sith. La ambivalencia de Karr le irritaba, y le molestaba que hubiera intervenido en sus planes y lo hubiera traicionado, no podía fiarse de el y tampoco podía seducirlo, tal era la “ventaja” que tenía este perturbado ex-Jedi, que había seguido los caminos de la fuerza según su propia visión de moralidad.
- Creo que al final, esto era inevitable – señaló el Jedi gris.
- Sí - Dijo el antaño poderoso Lord Sukyo – Darth Astarte, mátalo – ordenó a la joven aprendiz Sith.
La Joven desenvainó su espada Sith y encaró a Karr, al tiempo que éste encendía sus sables de luz y empuñaba uno en cada mano, colocándose en estado de concentración para aprovechar su velocidad al máximo. Se miraron y midieron por unos segundos, mientras Sukyo contemplaba la escena expectante.
Astarte atacó primero, pero sus habilidades guerreras, aún cuando eran buenas, no se comparaban a las de un Maestro en armas Jedi como era Karr, quien no tuvo problemas en eludir sus ataques. Pero Karr olvidaba que el Maestro de Astarte estaba allí, y cuando se aprestaba a contraatacar, sintió como su traquea era presionada por los poderes oscuros del Lord Sith. Astarte atacó de nuevo, pasando demasiado cerca de su oponente, quien aprovechó la ocasión para librarse del ataque del Sith y esquivar hábilmente el ataque de la mujer y, girando sobre si mismo, le asestó un único golpe con el que la aprendiz del lado oscuro cayó muerta tras de sí, mientras encaraba al Lord Sith.
Sukyo lo miró con ira y empuñó su sable de luz rápidamente, pero el guerrero ya estaba junto a el y sin mediar palabra se enfrascaron en un combate que terminaría con uno de los dos muertos.
Karr repasaba mentalmente los movimientos de Sukyo en su enfrentamiento anterior. El Sith había terminado huyendo y arrojándole un edificio sobre el y la pequeña Hiromi Maguzel, el mismo día que había asesinado a los padres de la niña. Ahora, la niña se recuperaba de los efectos del lado oscuro por haber seguido un llamado de Sukyo, en el que le decía que sus padres estaban vivos. Ahora la niña, jamás volvería a acercarse a Karr, ya que si el no la hubiera comenzado a instruir en los caminos de la fuerza, sus padres aún estarían con vida.
En su fuero interno, Karr no podía perdonarse eso. En su fuero interno, y aún cuando nunca lo había dicho, sabía porqué había dejado ir a Sukyo dos veces. El ya no era un Jedi, pero tenía la secreta esperanza de poder mostrarle el camino de la luz a ese viejo que no había conocido más que odio y dolor, tenía el secreto deseo, y realmente creía en ello, de que Sukyo podría redimirse y vivir y morir en paz los últimos años de su vida y, a través del Sith, redimir también los errores propios.
Ahora se daba cuenta de sus pueriles e ingenuos sentimientos, no le quedaba más que combatir, hasta que uno de los dos cayera.
Así que Karr se concentró y pensó como un Jedi, en una forma en la que no había pensado en mucho tiempo, y combatió al Lord Sith sin pasiones, sin odio, sin ira, sólo con la mentalidad de un caballero Jedi.
Los sables luminosos cortaban el aire con su particular sonido, chocando unos contra otros a una velocidad imposible de seguir por la mirada de un ojo inexperto. En medio de todo, sintiendo el poder de un cuerpo viejo potenciado por la fuerzas oscuras, en una acto casi de piedad, con un solo movimiento, limpio, preciso, Karr terminó el combate. El Sith abrió los ojos, sorprendido, para ver por última vez para mirar a Heaven Runner, mientras su mano dejaba caer su sable de luz.
En un acto que luego se cuestionaría, más por inercia que por voluntad, el Jedi decapitó al anciano muerto a sus pies, y se dirigió a lo que había venido, a abrir la puerta para darles a sus compañeros una ruta de escape y soporte en el combate que se debía estar desarrollando en la cámara de la Matriz…

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